Ella tan solo era un alma inocente que desconocía la maldad de los humanos.
Él no era una mala persona, pero le gusta sentir el placentero sentimiento de ganar o ser más poderoso.
La vida los cruzó a muy corta edad, con solo doce y trece años, dos pre-adolescentes aún, ellos jugaban a saber que era el amor.
Se encontraron por casualidad, se conocían sin conocerse y decidieron que eso era suficiente para empezar.
La primera vez que sus labios se tocaron por primera vez se sintió como energía eléctrica, hasta ella se figuró en su mente una ridícula animación de sus venas iluminándose, lo que la hizo reír por dentro.
Ellos creían que una relación era tan simple como ese beso, pero el tiempo demostró que hay cosas que simplemente siempre serán de un modo.
No es que a él no le importaba ella, de hecho él estaba seguro que en ese momento era amor, pero ser un adolescente es más que eso, y estar solo con ella no era suficiente, no a esta edad y quizás no hasta mucho tiempo no lo sería.
Él traicionó todo lo que se supone debe quedar en pie en una relación, pero no creyó que fuera algo tan malo. Aún no entendía nada del verdadero amor.
La distancia hacía que él necesitara de alguien más, pues ella no estaba ahí siempre y no lo podía cambiar.
Una noche cualquiera, mientras hablaban por mensaje como cualquier otro día, él le dijo que esto ya no estaba funcionando. Ella no podía creer lo que leía, pues su inocente alma no le permitía ver que las cosas también podrían salir mal.
Lloró en ese instante, frente a ese monitor y frente a toda su familia, pero intentando ocultarse.
Lloró esa noche, el día después y por mucho tiempo.
Y tan solo era la primera vez que él le rompería el corazón.