martes, 4 de noviembre de 2014

Un minuto.





Un minuto, sesenta segundos o sesenta mil milésimas fue lo que me tomó enamorarme de vos.
 El viento soplaba fuerte esa noche, la luna iluminaba cada una de tus facciones y me enamoré mientras te miraba fijamente y vi caer una gota de lluvia por tu nariz.
 La luna seguía luchando por ser el centro del cielo incluso cuando las nubes llenas de envidia la iban ocultando.
 La lluvia de torno más densa en tal solo sesenta segundos desde que había empezado a verte y me enamoré.
 Me enamoré de la noche y de tú sonrisa. Me enamoré de que los segundos pasaron muy lentos y treinta segundos pudieron ser treinta mil vientos.
 Sopló esta vez más fuerte alguna nube de aquellas que ennegrecían más el cielo y los pequeños rayos de luz de luna se fueron desvaneciendo.
 Tú mirada nunca se complemento con la mía en ese minuto, pero yo lo supe de todas formas, estaba enamorada de tí.

Todo pasó en un minuto, sesenta segundos o sesenta mil milésimas de segundos.
 Vos y yo en el mismo ángulo, unidos por un tiempo definido.